Túnez y las lecciones a meditar.

Los recientes eventos ocurridos en Túnez y ahora en Egipto, Yemen y otros países, que parece se comienzan a suscitar también en otros países de la región, deja una importante lección para la clases política de cualquier país: las revoluciones se pueden dar en cualquier momento, cuando menos lo esperen.

Queda claro que basta una chispa de inspiración para incendiar toda una región. La denominada Revolución de los Jazmines de Túnez se ha contagiado a otros países de la región. En Túnez, las protestas llevaron a la renuncia del presidente Zine El Abidine Ben Alí, quien llevaba 23 años en el poder. En Egipto, las protestas piden la renuncia del presidente Hosni Mubarak, quien lleva 30 años en el poder. En Yemen, se pide la dimisión del presidente Alí Abdalá Saleh, quien lleva en el poder 32 años.

En Túnez el movimiento social concluyó con la renuncia del presidente y el fin de una dictadura de 23 años. En Egipto se están dando las más violentas protestas de los últimos años en dicho país, debido a lo cual el gobierno egipcio ha tenido que bloquear el acceso a Internet, red de telefonía celular y otros medios de comunicación, para impedir que se organicen los manifestantes. En Yemen las cosas están mucho más politizadas por la oposición, han sido más pacíficas y tranquilas y han habido contra-protestas masivas hacia las protestas.

Han habido oleadas de protestas similares en otros países como Jordania, Arabia Saudita y Siria. De toda la región, parce que sólo Marruecos se salva por atinadas medidas gubernamentales.

Los movimientos sociales que han surgido en estos países son un ejemplo de qué es lo que ocurre cuándo las sociedades están hartas de los malos gobiernos y aprovechan momentos de verdadera inspiración. Indudablemente habrá cambios políticos significativos en la región.

¿Puede ocurrir algo similar en América Latina? Algo similar ocurrió en 2001 en Argentina y terminó con la dimisión del presidente Fernando de la Rúa. Realmente fue un evento inusual para América Latina. Es difícil que algo así ocurra de nuevo en la región, debido a el control que ejercen las clases políticas de cada país y a la cultura de los habitantes de América Latina.

Pondré como ejemplo a México, país donde vivo y del cual puedo hablar pestes, sin culpabilidad de conciencia, con los pelos de la burra en la mano y donde desde hace casi 100 años persiste un exitoso sistema político, el cual ha sabido mantener lo suficientemente ignorante al pueblo, como para controlarlo y mantenerlo tranquilo y dócil, distrayéndole de los problemas con absurdos espectáculos mediáticos como los casos Paco Stanley, Paullette, Cabañas y el JJ, Valentina Albornoz y las nalgas de la Guzmán, Kalimba y los muchos denominados escándalos.

La clase política aprendió importantes lecciones tras la revolución y tras el movimiento estudiantil de 1968. Es por eso que al mexicano actual, desde muy joven, se le adiestra para ser lo suficientemente apático respecto de los problemas de la sociedad y estar más al pendiente de los chismes que se publican en TV Notas, que de lo que se publica en los periódicos. Casi todos nos quejamos, pero sólo muy pocos realizan acciones. Como ejemplo, hay que ver la pobre participación ciudadana en las pasadas elecciones vecinales de 2010, pues si comparamos con las elecciones locales y federales, veremos un panorama triste y desolado, dominado por una abrumadora apatía ciudadana que a penas y se enteró que había elecciones vecinales.

La clase política ha tenido éxito en polarizar a la sociedad lo suficiente para generar una pasión que se desborda cada 6 años por las elecciones presidenciales y al mismo tiempo ha logrado que el ciudadano común tenga en realidad poca o ninguna representación en las decisiones de una colonia, delegación o municipio o bien el estado donde se habita.

Las leyes en México son creadas y aprobadas por la clase política, en beneficio de si misma y sus intereses. Si el pueblo sale beneficiado por estas leyes, es meramente circunstancial. Recordemos que el único delito que jamás queda impune en México, es la evasión fiscal, a menos que uno sea miembro o asociado de la clase política. Ser miembro de la clase política y del partido dominante, equivale a poder hacer todas las tranzas que uno quiera, durante al menos seis años, con mínimas molestias.

Desde 1917 México vive bajo la opresión de una clase política que se ha dedicado a explotar al pueblo, casi como intentando sacarle sangre hasta las piedras. Sin importar si se trata del PRI, PAN, PRD o PT, en el fondo todos los partidos políticos son lo mismo. Todas las correas salen del mismo cuero. Todos se pelean por llegar al poder y hacen lo que sea por lograrlo; cuando lo logran, todos terminan abusando del poder, todos terminan robando, todos terminan siendo corruptos. Todos terminan siendo poseedores de lujosos automóviles blindados, ranchos, haciendas o lujosas residencias en las mas exclusivas zonas del país. Lo único que diferencia a los miembros de la clase política entre si, son los colores de sus respectivos partidos y las etiquetas de izquierda o derecha. En tres años, un diputado puede ganar más dinero —a través de sueldo o corruptelas— del que pudiera ganar un campesino u obrero promedio en toda su vida y a veces hasta las de dos o tres generaciones de sus descendientes.

El sistema político Mexicano es digno de ser estudiado a fondo por otros países, pues resulta increíble ver como es que con desempleo, empleos mal pagados, delincuencia fuera de control, impuestos abusivos (ISR, IETU, impuesto predial, tenencia, etc.), corrupción y descarado abuso de poder, se logra mantener un pueblo sumiso, con escasos brotes auténticos de manifestaciones de inconformidad. México es un país de tercer mundo donde se pueden cobrar bienes, servicios e impuestos, a precios más altos que en el primer mundo, todo gracias al sistema político mexicano.

Claro que en México hay protestas. Sólo basta ver las frecuentes manifestaciones y plantones del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME), Antorcha Campesina, CGH, Frente Popular Francisco Villa y otros de los denominados grupos de choque, patrocinados por los partidos políticos.

Lo que hace la diferencia entre las protestas en México con las protestas de países como Túnez o Egipto, es el contexto de las mismas. Tomemos como ejemplo al SME, el cual protesta por la desaparición de la paraestatal Luz y Fuerza del Centro (LyFC), el despido de miles de trabajadores (a los cuales se les dio una muy onerosa liquidación) y bla, bla, bla, bla.

Claramente, el SME goza de muy poca popularidad entre la población gracias al mal servicio que brindaban los empleados de LyFC y por las molestias que ocasionan a la población por sus manifestaciones, bloqueos de calles y avenidas y plantones. ¿Acaso el SME se ha solidarizado con la ciudadanía por los abusos y expropiaciones para la construcción de la Super Vía Poniente? ¿Acaso se solidarizaron con los vecinos de la colonia Narvarte, quienes protestaron por la línea 3 del Metrobus? ¿Acaso apoyaron a los afectados por las expropiaciones en Tláhuac por la construcción de la línea 12 del Metro?¿Acaso se han manifestado por la nueva tarjeta de circulación con chip obligatoria para vehículos, los abusivos aumentos al impuesto predial, suministro de agua y el aumento al último año de tenencia? La respuesta es obvia. Hacerlo sería protestar en contra del gobierno de Marcelo Ebrad, gobernante responsable de que el SME pueda, literalmente, secuestrar la ciudad cada vez que se le venga en gana.

¿Qué quiere decir ésto? Quiere decir que las grandes protestas en México son en realidad controladas o influenciadas por la misma clase política. Unas facciones se manifiestan en contra de otras, con la finalidad de fastidiarse entre si. Así de simple. Están prácticamente monopolizadas y sirven sólo a intereses particulares. ¿Cuándo fue la última vez que se vio en México una verdadera protesta masiva por el aumento a la tortilla, gasolina o impuestos? Cuando mucho son pequeñas protestas, opacadas por la apatía e indiferencia ciudadana o reprimidas por los agrupamientos de granaderos.

La mayoría de las protestas en México tienen tres propósitos; el primera es fastidiarse entre si entre facciones políticas; la segunda es lograr que la población sea lo más apática posible hacia las manifestaciones y protestas, a través de causar la mayor cantidad de molestias posibles a la población; el tercero es dar la fantasiosa sensación de que hay pluralidad, democracia y libertad de expresión. Es resumen, son sólo parte del elaborado espectáculo orquestado por la clase política.

En México es muy difícil que exista un movimiento social como el ocurrido en medio oriente y norte de África. Si países como Túnez o Egipto hubieran adoptado el exitoso modelo mexicano, difícilmente hubiera ocurrido algo de trascendencia. A lo sumo, una nota insertada entre las páginas centrales de cualquier periódico. Esa es la verdadera lección para la clase política de cualquier país.

Para que en México se de un movimiento similar y que consiga derrocar a todo el sistema político, habría que re-educar a todos y cada uno de los mexicanos para que aprendan a cumplir sus obligaciones, aprendan a defender sus derechos y aprenden a exigir a todos los funcionarios públicos que cumplan y rindan cuentas. Habría que empezar acabando con las muy arraigadas culturas del «conformismo», del «ahí se va», de «la mordida», de «no pasa nada», de «el que no tranza no avanza», del «ahorita», del «mañana te pago», de «sólo la puntita», de «la ley de Herodes», de «el onceavo mandamiento», de «resarle a los santitos por un milagrito», etc. Acabando con ésto, se acabarían los abusos y opresión que ejerce la clase política mexicana sobre los mexicanos.

En conclusión, la propia cultura del mexicano, alimentada y reforzada por la clase política mexicana, a través de un mediocre sistema educativo y los pobres contenidos de entretenimiento (verdaderos insultos a la inteligencia del público) promovidos por los medios masivos de comunicación, es la que impide siquiera puedan aspirar a existir movimientos sociales de las dimensiones de los acontecidos en Túnez y Egipto.

Quien tema por un estallido social en México, puede dormir tranquilo. Nos faltan güevos.

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Alcance Libre
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